Seguim amb el repte d'escriure alguna cosa al voltant del talismà. En el meu cas, les tisores.
Aquest cop es tracta de triar un personatge, dotar-lo d'una petita biografia (per saber quines poden ser les seves reaccions) i fer-lo interactuar amb el talismà.
Vols saber què passa en aquesta minihistòria? Doncs no deixis de llegir!
Vestía de manera extravagante, un poco alocada para alguien de su edad. El dolor de pies la estaba matando, y los juanetes no le permitían usar el calzado que a ella en realidad le hubiese gustado llevar. Sólo necesitaba mermelada de arándanos, para preparar una tarta, pero compró también media docena de huevos frescos y un par de botellas de leche. En el pequeño colmado que había al otro lado de la calle, y que se podía ver desde su balcón, solía haber cola: se tomaban su tiempo en atender a los clientes. Así que, cuando Margarita iba a hacer sus compras allí, se llevaba uno de sus libros y aprovechaba para leer un par de páginas, a veces incluso más. Le encantaba Agatha Christie y no tenía nada mejor que hacer, así que poco le importaba esperar. Las rodillas le fallaban de vez en cuando. Se sentaba en la pequeña banqueta que tenían junto al mostrador, abría el libro y esperaba su turno.
La portera le había comentado que una pareja joven se acababa de mudar al entresuelo segunda, y a Margarita le pareció buena idea darles la bienvenida a la comunidad con una tarta casera. La de queso y arándanos era la que le salía mejor, según los comentarios de todo aquél que la había probado. Y ella estaba completamente de acuerdo.
Los pisos del Eixample barcelonés eran un tanto peculiares. Margarita vivía en el segundo que, si tenemos en cuenta el entresuelo y el principal, aunque le llamaran segundo en realidad era un cuarto. Menos mal que el ascensor, ya centenario, y de estilo modernista, todavía funcionaba.
Al cruzar el portal para adentrarse en el larguísimo vestíbulo de la finca, al final del cual estaban la doble escalera y el ascensor, un hombre de unos treinta y pocos, alto, robusto, de pelo largo y crespo y tez curtida por el sol, casi se dio de bruces con ella. Salía corriendo del edificio, y ni siquiera se disculpó por estar a punto de derribarla. Las numerosas lecturas y relecturas de Margarita la habían dotado de un punto de perspicacia, y tenía una agudeza y una rapidez mental que la capacitaban para hacer un retrato robot en un plis plas. No se le escapaba ningún detalle. Menudos modales tiene la juventud de hoy en día, pensó, recuperando la compostura. Y se dirigió al ascensor.
Se acomodó en la cabina: la bolsa de rejilla que había tejido ella misma, colgada del brazo izquierdo. El codo doblado, para que no se le escurriesen las asas, y la mano derecha sujetando con fuerza el pasamanos.
La lentitud del ascensor era exasperante. Margarita dejó la bolsa en el suelo, junto a sus pies doloridos, y entonces algo llamó su atención. Un objeto brillaba en una esquina del habitáculo, muy cerca de la puerta. Esperó que el ascensor se detuviera y, como pudo, se agachó para ver mejor. No estaba segura del todo, pero parecían unas tijeras, sí, unas pequeñas tijeras, para podar, tal vez. Estaban abiertas y tenían, en la punta, algo oscuro, espeso, que le recordó a la mermelada de arándanos.
Notó cómo se le agitaba la respiración. Abrió la puerta del ascensor, metió la llave en la cerradura de su piso y dejó la bolsa en el recibidor, junto a la mesilla en la que descansaba el teléfono. Descolgó, marcó y esperó. Al otro lado de la línea, una voz femenina respondió:
-Policía, dígame.
Margarita se aclaró la garganta con un ligero carraspeo, cogió aire y empezó a hablar.
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