Què passaria si, en una història, tinguéssim un protagonista, un espai i un esdeveniment obtinguts de manera aleatòria?
I quin seria el resultat si, després de saber aquestes tres coses, només disposéssim de deu minuts, cronometrats, per inventar una història?
Seria una història inverosímil? Tindria algun sentit, o no tindria ni cap ni peus?
Provem, a veure què passa?
Aquesta és la meva història esbojarrada:
protagonista: UN DETECTIVE DISTRAÍDO
lloc: LA SALA DE UN MUSEO DE PINTURA
esdeveniment: UN BAUTISMO DE MAR
El público del museo no sale de su asombro. En la sala dedicada a los pintores impresionistas, una escena que parece más bien digna de la sala de los surrealistas.
Un personaje de lo más extravagante aparece de repente. Camina con dificultad. Viste un traje de neopreno. Una máscara de buceo le cubre la cara casi por completo. Carga un par de bombonas de oxígeno sobre la espalda. En los pies, unas enormes aletas de goma hacen que tenga que doblar mucho las piernas para poder dar un paso.
Los pocos espectadores que están contemplando las pinturas dejan de prestar atención a los cuadros y miran con curiosidad al personaje.
Se detiene en medio de la sala. Se quita la máscara y se la coloca sobre la cabeza. Tiene los ojos muy abiertos, más de lo que se diría que es normal. Parece no acabar de creerse que está en la sala de un museo. Hace un momento ha aparcado el coche a un par de calles, siguiendo las indicaciones de su GPS.
No es posible que le esté pasando esto. ¿Cómo puede un detective privado cometer un fallo de este calibre? Seguro que no es cosa suya. Le han dado mal la dirección. No tiene más explicación. O eso, o el navegador del coche está volviendo a fallar. O tal vez alguien está intentando gastarle una broma.
Los espectadores lo siguen mirando con curiosidad. La misma curiosidad con la que él mira a su alrededor, analizando la sala. Está decidido a tomar su bautismo de mar hoy, sea como sea. Pero, ¿cómo hacerlo si no sabe adónde debe ir? Tal vez en los whatsapp que le mandaron la semana pasada encuentre alguna pista, o algún dato que le haya pasado por alto. Con sus dotes de detective profesional seguro que es capaz de descubrir dónde está el fallo. Saca el teléfono móvil de un compartimento estanco de su traje de neopreno. ¡Mierda! Se ha quedado sin batería.
Cuando está a punto de ponerse a gritar de pura desesperación, divisa al fondo de la sala una enorme pecera, en la que no había reparado antes, que pretende ser un homenaje a la pintura de los nenúfares de Monet. Un recipiente lleno de peces de colores y, por supuesto, de nenúfares.
Con paso vacilante, por culpa de las aletas de goma, se dirige al fondo de la sala, mientras se coloca la máscara de nuevo sobre la cara. El vigilante apenas tiene tiempo de llegar a su lado para detenerlo. Lo alcanza justo cuando se sumerge, de cabeza, entre los peces y los nenúfares.
Hoy era el día de su bautismo de mar y, sí o sí, lo ha conseguido. En agua dulce y ante un montón de testigos, que han dejado atrás su interés por las vanguardias de principios del siglo XX y han decidido inmortalizar, con sus teléfonos móviles, un momento irrepetible.
Bajo la máscara, y con el tubo en la boca, el detective sonríe.
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