Estic fent un curs d'escriptura autobiogràfica. Realment molt interessant.
La veritat és que, tot i que cada dia ens mirem molts cops al mirall, molt poques vegades ens observem amb intenció d'anar més enllà.
Aquest exercici és, justament, per això, per aprendre a mirar-nos i començar a desfer el cabdell embolicat que som. Només cal buscar la punteta i començar a estirar ...
M'acompanyes, a veure què descobreixo?
Nos han pedido que nos describamos a partir de una imagen, que contemos lo que vemos. Y yo, que nunca me he gustado en las fotos (no soy fotogénica, qué le vamos a hacer) me hice por lo menos diez selfies. Y luego, claro, no sabía cuál elegir.
Ahora tengo, frente a mí, colgadas en la pared, dos fotos, una en la que miro a la cámara y otra en la que no. Las observo y me reconozco. La verdad, no estoy tan mal como creía. Igual me he pasado con el filtro. Esas moderneces a veces hacen que nos engañemos a nosotros mismos …
Para la edad que tengo que, por ahora, no revelaré, no estoy nada mal. Ni patas de gallo ni excesivas arrugas. Una ligerísima hinchazón bajo los ojos y, si acaso, algunas arruguitas horizontales en la frente, cuando levanto las cejas. Nada permanente, por ahora. ¡Qué suerte! Junto a la boca, y ya que hablamos de arrugas, tengo un par de ellas, provocadas por mi eterna sonrisa. Una línea vertical a cada lado, encerrando mis labios en una especie de paréntesis.
En la foto en la que estoy mirando a la cámara, sonriendo, se aprecia mi dentadura imperfecta. Ya desde pequeña tuve muchos problemas con mis dientes, y con la boca en general. Dice mi madre que, de chiquita, me tenía que dar la sopa con una cucharilla de café. A ver, que ahora puedo comer con cucharas de adulto ¿eh? Pero sí que es verdad que tengo la boca más bien menuda. Parece que sonrío de lado, como los malotes de las películas, pero eso es porque me falta un diente. Sí, tal cual. A primera vista no se nota, pero uno de mis incisivos salió algo rebelde, y me creció en el paladar, fuera del lugar habitual para un incisivo. Y, claro, el dentista lo tuvo que sacar de ahí. Me costó mucho decidirme, pero en primero de carrera dije que ya basta, que ese diente no hacía nada ahí más que molestar, y lo sacamos con mucho cuidado. Lo guardo en una cajita, con otros tesoros de lo más variopinto. Con ese diente fuera de órbita, mi sonrisa quedó algo ladeada. Bueno, la sonrisa no, los dientes. El centro no coincide con el centro de mis labios, y siempre parece que estoy sonriendo de medio lado. De más joven, me avergonzaba sonreir, porque creía que la gente se daba cuenta de mi imperfección. Ahora, con mi periodontitis (en tratamiento, pero implacable) sonrío mucho más. Si algún día me quedo sin dientes, por lo menos habré aprovechado para sonreir mientras los tenía.
La nariz me da la talla justa para sujetar las gafas. Es pequeña, sí. Y eso que ha crecido un poco. Tengo fotos de cuando tenía uno, dos, incluso cinco años, en las que sobresale más mi frente que mi nariz. Era una niña divina, monísima y chata. Hace tiempo me salió una especie de verruga cerca de la punta de la nariz. En las fotos casi no se aprecia, pero yo sé que está ahí. Menos mal que la tonalidad es la de mi piel. Si no, sería muy evidente, y creo que me crearía algo de complejo. Espero que no se convierta en una de esas cosas peludas y feas. Espero que no. O tendrá que irse a hacer compañía al diente en mi cajita de tesoros y curiosidades.
Llevo gafas, desde los ¿ocho? Sí, tal vez tenía ocho años cuando me pusieron gafas, y lo suyo les costó encontrar unas que no acabasen en la punta de mi nariz. Ni siquiera el artilugio que usan para probar la graduación se sostenía sobre el diminuto puente de mi apéndice nasal. Durante un tiempo llevé lentillas. Ahora he vuelto a llevar gafas. Las lentillas las dejo para ocasiones especiales, en las que me apetece maquillarme, por ejemplo.
Mi mirada, tras los cristales, es una mirada traviesa, y siempre ha sido así. Eso no cambia con los años. Últimamente es una mirada a veces triste, porque tengo cambios de humor espectaculares, que llegan a asustarme. Le daremos la culpa a las hormonas, aunque tal vez no sean absolutamente responsables de esos drásticos altibajos. Igual el calor también tenga algo que ver. Mi cabeza siempre siempre está tramando algo, y eso se nota en la mirada. Mi cara es transparente. Aunque mi boca diga blanco, si es negro mi cara lo gritará a los cuatro vientos. No puedo mentir. Soy incapaz de no decir la verdad. Por eso, a veces, opto por el silencio como respuesta, para no delatarme.
Sobre esta cara peculiar, que es la mía, y que os acabo de describir a grandes rasgos, está mi pelo. El pelo merece un capítulo aparte. Nací pelona, muy pelona. Con un año, seguía pelona. Mi cabeza estaba recubierta por un finísimo vello oscuro, casi una sombra. Y sobre la frente, un mechón ondulado, al estilo de las más famosas folclóricas, dibujando un perfecto caracol. Ese era todo mi cabello. Con un año era una muñequita de piel morena, con grandes ojos oscuros, una frente que sobresalía más que la nariz y boca de piñón diminuto. ¡Ah! No olvidemos las orejas, que no salen en las dos fotos que tengo delante, pero que también eran pequeñas. Pequeñas y perfectas.
Con el correr de los años, me creció el pelo, por supuesto. Una tremenda mata de pelo castaño oscuro, ondulado, que recogía siempre en una cola de caballo. Ahora, y después de mucho tiempo de llevar el pelo corto, decidí volver a dejar que creciera, a ver qué pasaba. Sigue siendo una mata tremenda, una cantidad de pelo increíble, rebelde, indomable, que vive sobre mi cabeza, a su aire, sin control. Por más que intento darle forma, tiene su propio carácter. Ni espumas ni cremas ni sérums ni gominas … nada puede con él. Es incontrolable. Lo que era, al principio, un perfecto caracol sobre mi frente, es ahora un mechón canoso que, si me recojo el pelo en una coleta, divide perfectamente mi cabeza en dos mitades, una blanca y una oscura, como el yin y el yang.
Y creo que eso, en conjunto, me define perfectamente. Fuera de lo común, especial, diferente, transparente, rebelde, y con una parte clara y una parte oscura dentro de mí. Vamos a ver de lo que soy capaz si saco esa blancura y esa negrura al mundo real. ¿Me atrevo? ¡Venga!
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