Escriure històries no és fàcil. Tots tenim centenars, milers d'històries que ens ronden pel cap, a totes hores. Estic segura que som capaços d'inventar fins a dir prou. Però, a l'hora de traslladar totes aquestes idees (segur que totes són genials) al paper ... què, eh? En aquest moment, la història que dins el cap veiem tan clara ja no ho és tant, i tot es comença a complicar.
Si busquem en la nostra línia temporal, segur que hi ha algun esdeveniment que ens ha marcat, o algun moment en què ens han passat coses dignes d'explicar, de posar negre sobre blanc. L'escriptura ens permet això i molt més. Podem reviure moments de la nostra vida i podem actuar sobre ells, modificant-ne alguns aspectes i inventant-ne de nous. La imaginació és poderosa. Fem-la servir!
De la meva línia temporal, he triat un moment que diria que em va marcar. I, com a mi, a tothom que en algun moment de la seva vida ha hagut de passar pel mateix. Vols saber quin moment va ser? No deixis de llegir ...
Todo lo que alcanzo a ver desde donde estoy sentada es una chapita con un nombre, JOSEP, y unos brazos que gesticulan, trabajosamente, bajo la bata blanca. La silla es algo incómoda. Es mullida y tiene unos buenos reposabrazos, pero resulta demasiado grande para mí.
Aunque nerviosa, estoy muy quieta, tal y como me han ordenado, y noto cómo mi respiración se acelera. Bajo el uniforme de la escuela, mi corazón late fuerte, y rápido. Muy rápido.
La sala es pequeña y está en penumbra. Intento no pensar en nada y quedarme tranquila. Siguiendo las indicaciones, permanezco inmóvil. Petrificada.
Parece que, por fin, Josep ha conseguido que el trasto se mantenga en su lugar. Dice mi madre que, de bebé, me sobresalía la frente más que la nariz. Y mis orejas son también muy pequeñitas. Mejor así que tener orejas de soplillo ...
- Bueno, parece que lo hemos conseguido. ¿Estás cómoda?
- Mmm. No sé. Esto pesa un poco. ¿Puedo moverme ya? Se me está durmiendo una pierna.
- Vale. Puedes moverte un poco, pero la cabeza no. Solamente la pierna. Dime, en esta pantalla, ¿ves unos circulitos negros?
- Sí - mientras contesto balanceo la pierna derecha, que siento como de corcho.
- ¿Y puedes ver que son como la letra C?
- Ahá.
- Pues dime, cuando yo te señale una de las letras, hacia dónde está el trocito abierto de la C. ¿Entiendes?
- Sí.
Mientras habla, va sacando, de un cajón muy estrecho, y uno tras otro, unos cristales redondos, una especie de lupas sin mango, que va poniendo y quitando, a través de unas ranuras, en esas gafas de astronauta que tanto le ha costado colocarme . Me va preguntando si es mejor así o asá, con este cristal o con el otro, del derecho o del revés. Yo voy diciendo hacia dónde están los agujeritos de las C que me va señalando. Cuando llegamos a la tercera fila empiezo a entornar los ojos y a poner caras extrañas.
- Se me está resbalando esto. ¿Lo puedo sujetar?
- Sí, pero no toques la parte delantera. Agárralo por los lados. Así, que no se mueva nada. Perfecto.
Estoy un poco cansada ya. Esto es aburridísimo. Tengo ganas de volver a casa. Llevamos por lo menos media hora mirando C y cambiando cristales. Me suda la puntita de la nariz y tengo ganas de hacer pis. Mamá espera fuera de la sala.
- Muy bien. Hemos terminado.
- ¡Vale! ¿Me puedo mover ya? ¿Puedo ir a hacer pis?
- Sí, claro. Ahora salimos y le cuento a tu madre.
- ¡Ya era hora!
Me retira el aparato y enciende la luz. Cierro los ojos porque tanta claridad de repente me molesta un poco.
Salgo corriendo. ¡Uf! Pensaba que no aguantaba más. Cuando me estoy lavando las manos, me miro al espejo. ¡Hala! ¡Vaya nariz se me ha quedado! ¡Menuda marca me ha dejado el aparato de las pruebas!
...
Mamá y Josep están sentados junto a uno de los mostradores, mirando monturas. Me acerco y me hacen probar algunas. Mientras voy probando, separando las que me gustan y descartando las que no, los escucho hablar de dioptrías, de grosor de cristales, de que tendríamos que habernos decidido a mirar mi graduación mucho antes, ...
Yo ya decía que no veía bien la pizarra. Se lo dije a la tutora y se lo dije a mamá. Por eso me sentaron en primera fila, justo en el centro del aula. La maestra decía que eran excusas, que hacía mal mis tareas y que no estaba atenta. Estaba convencida de que quejarme era un simple pretexto para no cumplir con mis obligaciones. Nunca me cayó bien esta maestra. No entendía lo que nos explicaba en clase, y no era yo la única. Ella llegaba, soltaba el rollo y ya. Le daba igual si no entendíamos, si teníamos alguna duda, si nos parecía muy difícil asimilar lo que nos decía. Era tonta. Pero era nuestra tutora y, en teoría, siempre tenía la razón.
Después de un rato de pruebas delante de un pequeño espejo de sobremesa, buscando las gafas que mejor se ajustan a mi cara y con las que me siento más cómoda, volvemos a casa.
- Mamá, ¿tendré que llevar gafas? ¿En serio?
- Sí, cariño.
- ¿Y las tendré que llevar todo el rato?
- Creo que sí. El jueves, cuando volvamos, preguntamos.
- Jo, qué rollo ... ¿Por qué tengo que llevar gafas? ¿Me van a llamar cuatro ojos? ¿Y si en el recreo me dan un pelotazo y se rompen? ¿O si se me caen? ¿O si se me pierden?
- Tranquiiila. Verás cómo en seguida te acostumbras. Y no me volverás a decir que no ves bien la pizarra.
- ¡Oh! ¡Es verdad! -No había pensado que vería mucho mejor la pizarra. Como las C. ¡Había conseguido ver bien incluso las de la quinta fila! Y eran muy muy pequeñas ...- Ahora ya no tendré que pedir que me pongan en el primer pupitre. ¡Qué bien! ¡Qué suerte llevar gafas!
Cruzamos por el paso de peatones. Ya casi estamos en casa.
- Mamá
- ¿Qué quieres?
- ¿Por qué nadie en casa lleva gafas y yo tengo que llevarlas?
- Pues no sé, hija. Cosas que pasan.
- Ya ... No se lo digas a nadie, ¿vale?
- No te preocupes. Ya lo contarás tú.
Entramos en casa, y pienso qué tal me veré cuando lleve las gafas. Solamente se me ocurre pensar en Rompetechos, y me dan ganas de llorar.
...
Ayer fuimos a recoger las gafas. Son un poco cuadradas y de montura metálica. Eran, de las que mejor me quedaban, las únicas que no resbalaban por mi nariz ...
Antes de salir hacia la escuela, me las pruebo delante del espejo. Me miro de frente, por un lado y por el otro. Pongo caras. Me veo un poco rara. Con gafas no parezco la misma. Creo que se darán cuenta. Me pone nerviosa pensar qué van a decirme. Las guardo en la funda, un envoltorio de plástico rígido, gris claro, muy aburrido. No tiene ni dibujos ni nada. Solamente las letras con la marca. Y ya. Meto el estuche, con cuidado, en la mochila.
...
Me siento en mi lugar, en primera fila, y no me pongo las gafas hasta que empezamos la clase. ¡Uau! ¡Veo la pizarra mucho mejor! ¡Ya no veo las letras borrosas! En seguida me acostumbro a mi nueva forma de ver el mundo. Y nadie se ha dado cuenta.
¡Ostras! ¡Se le ha roto la punta al lápiz! Cojo el sacapuntas y me levanto hasta la papelera. Afilo el lápiz y, al darme la vuelta, se oye un "¡hala! ¡lleva gafas!" Treinta y cinco cabezas se levantan al mismo tiempo, y setenta ojos se clavan en mí. Respiro hondo y me quedo un momento conteniendo el aliento. Se me había olvidado por completo mi nuevo "look".
Cristina, que fue la primera que me vio, dice que me quedan muy bien. Entonces me relajo y vuelvo a respirar.
La profesora mira hacia mí y yo giro un poco la cabeza hacia ella. Puedo detectar la sorpresa en su mirada. Levanto un poco las cejas y pongo cara de ¿lo ves? En mi mente puedo fulminarla con un haz de rayos que salen de los cristales de aumento de mis gafas nuevas.
Vuelvo a mi pupitre con aire de triunfo. Mis compañeras de curso han dicho que me quedan bien las gafas. Veo la pizarra muchísimo mejor que antes. Y lo más importante: ahora la señora tutora tendrá que tragarse sus palabras. Ya no volverá a decirle a mamá que soy una gandula, que no me esfuerzo y que por eso está bajando mi rendimiento en clase. Ya le decía yo que no veía bien la pizarra. Y no. No eran excusas.

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